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Un alto en la Ruta de la Seda
Tierra de sol, de desiertos y valles fértiles, de ciudades que esconden entre sus calles peatonales leyendas de bellas princesas
y cuentos de jóvenes jugando entre jardines y patios de almadrazas.
Su historia más lejana nos lleva hasta la época de Ciro el Persa, en el s. VI a. C., cuando sus antiguos pueblos nómadas,
recién conquistados, fundan ciudades como Samarkanda, Bujará o Jiva, que más tarde, a lo largo de los siglos, irán siendo
protagonistas y centros de gravedad de muchos de los acontecimientos que ocurrirán en Asia Central. Por estas tierras pasaron
las caravanas de la Ruta de la Seda, transportando mercancías y todas las tradiciones, culturas y religiones que a través
de su largo recorrido desde China hasta Roma se unían a los comerciantes. En estas ciudades, se pueden ver los más maravillosos
monumentos del país, cuya arquitectura representa fielmente el arte islámico que se desarrolló durante los siglos X y XVI.
La Plaza del Reguistán y el Mausoleo de Tamerlán en Samarkanda o el conjunto Kalián de Bujará son verdaderas bellezas que
reúnen el esplendor que acompañó a Asia Central en la época de los Timuridas, los descendientes del famoso Tamerlán. Jiva,
un oasis situado casi en el extremo occidental del país, entre los límites de los dos mayores desiertos de la región, abraza
en su centro un casco antiguo amurallado donde el visitante se siente transportado hasta una época lejana. La ciudadela está
catalogada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad; un recinto cerrado donde los sonidos artificiales apenas resuenan
entre las vistas de las almadrazas, minaretes y mezquitas.
Uzbequistán es de tradición musulmana, sin embargo, los años pasados como república soviética, casi setenta, han ayudado a
mitigar de manera muy particular la influencia de esa religión en la sociedad. Su presidente, Islam Karimov, un economista
formado en el mundo occidental, ha cuidado desde la misma ruptura con la Unión Soviética, cuando tomó las riendas del país,
el equilibrio entre la cultura islámica y los valores democráticos modernos.
Las gentes de Uzbequistán se caracterizan por su hospitalidad y amabilidad con el extranjero. Uno puede disfrutar visitando
los bazares, rebosantes de colores cálidos, de compradores, vendedores y de productos del campo, e ir descubriendo puesto
tras puesto el carácter abierto de los uzbecos. No es fácil entenderse con ellos, debido a la frontera idiomática, pero rápido
aparecen gestos y palabras internacionales mientras se van saboreando las frutas, los dulces, los frutos secos o el olor de
las especias que nos ofrecen al pasar.
Puede el visitante admirar los monumentos, los paisajes, las noches estrelladas (las mismas que acompañaron a uno de los astrónomos
más importantes de la historia, el famoso Uluz Bek, nieto de Tamerlan), conocer el folklore nacional, practicar el arte del
regateo comprando alfombras y otros productos de artesanía, o descansar en las chaijanás (casas del té) típicas de la zona,
en un país que parece volver a recordar los tiempos en los que se administraban a sí mismos. Ahora bajo una nueva forma, una
nueva moneda y unas nuevas leyes que celebran todos los primeros de Septiembre, el día de su nueva independencia.
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