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Los primeros navegantes que pisaron tierra en Polinesia quedaron impresionados por la sencillez con que los habitantes satisfacían
las tres necesidades humanas: el alimento, el vestido y la vivienda. Gracias a su clima cálido y a las frecuentes lluvias,
los tahitianos podían sembrar y cosechar durante todo el año. Los isleños carecían de arcilla y de metal para hacer pucheros
y cazuelas, así que cocinaban en hornos de tierra habilitando un simple agujero en el suelo, forrado con piedras que calentaban,
preparando un fuego sobre las mismas. Por otra parte, en un país con un clima tan cálido y uniforme como en de Tahití, la
necesidad de vestido no era tan importante. Por alguna razón que desconocemos, los pueblos polinesios ignoraban las artes
del hilado y del tejido propiamente dichas. Hacían sus ropas y sábanas con la suave corteza interior de plantas tropicales,
cuyas fibras eran batidas y encoladas hasta obtener una pieza rectangular parecida al papel grueso. Las casas tradicionales
se construían con muros de caña de bambú y un tejado de hojas de pándano o palmera. Todos los hombres del poblado ayudaban
en la construcción de estas chozas, que solían aguantar entre cinco y diez años.
Las diversiones favoritas de los nativos eran el canto, el baile y los juegos; entre estos últimos sólo el boxeo y la lucha
libre tenían un carácter violento, pues todos los demás, es decir, andar sobre zancos, jugar con cometas, tirar con el arco
y el surf eran diversiones pacíficas.
Las danzas
A los polinesios les encanta reunirse en grupo para cantar, reír, bailar y hasta para orar. La vida se concentra en las reuniones
y les viene de antiguo; tanto para las alegres veladas de los viernes por la noche, como para las fervientes asistencias dominicales
a misa todos se embeben de un espíritu singular pues los grandes eventos sociales son celebrados con entusiasmo. Los criterios
religiosos predominan no sólo en la organización del trabajo colectivo en sí mismo, sino también en la propia vida de la comunidad.
En las festividades indígenas, la mítica vahine, la típica muchacha de mirada intensa y largos cabellos negros brillantes,
espera que la complazcan en el baile. Al son del tamure (danza tradicional) o la kaina porinetia (música contemporánea polinesia)
puede contonear su cuerpo de manera frenética y provocativa, en un ritual alucinante del que participan al unísono todos los
pobladores. La hermosa carga erótica de los bailes polinesios no fue bien interpretada por los primeros exploradores que la
vieron como un gesto pecaminoso, al extremo de que fue prohibida su demostración. Sin embargo, esto no fue obstáculo para
que continuaran sus prácticas de manera clandestina. Algunas veces incluso se pudieron exhibir las bailarinas, con la aquiescencia
de los colonizadores, siempre y cuando se colocaran los "Mother Hubbards", que prácticamente les cubrían todo el cuerpo.
Entre las guerras las danzas se volvieron más activas, pero no fue sino hasta 1950 cuando se retomó su práctica de manera
habitual. Hoy en día, diversos grupos polinesios se dedican a representar estas manifestaciones artísticas en los hoteles
y establecimientos de lujo. Las danzas originarias que dejaron a los misioneros con la boca abierta son las llamadas timorodee
y las más "pecaminosas" eran las que se bailaban en parejas, como las upaupa. Otras danzas tradicionales son el otea que tiene
más bien una connotación guerrera; el aparima, usual en las rutinas cómicas; y el hivinau, bailado en grupo.
Manifestaciones Artísticas
Los primeros misioneros europeos que arribaron a las costas polinesias prácticamente barrieron con las manifestaciones artísticas
y culturales. Destruyeron los templos tradicionales, los hermosos tallados ancestrales, prohibieron que los pobladores continuaran
con la costumbre de tatuarse los cuerpos y, como ya hemos comentado, también los bailes. Afortunadamente, parte de estas costumbres
culturales han sido revividas en años recientes y se ha reimpulsado la cultura originaria, particularmente la música y la
danza.
Algunos ejemplos de los que sobrevivieron al arrasamiento colonizador son los tejidos de pandanus que, a diferencia de las
hojas de los cocoteros (usadas para el trabajo más cotidiano de las mujeres, tales como las paredes tejidas de una fare) se
utilizaban para la fabricación de bolsas, sombreros y manteles más finos. Para éstos se utilizaban hojas de pandanos (árboles
muy grandes y delgados que se encuentran casi siempre a la orilla del mar) y son los mejores ejemplos de la auténtica artesanía
local. Los trabajos más representativos provienen de Rurutu, en las Islas Australes, donde se utiliza un pandanus de la zona
montañosa para trabajos de mayor calidad.
Otro sobreviviente de la época anterior a la llegada de los europeos es la tapa. Antes no existían tejidos en la Polinesia
y, dada la escasez de mamíferos, las pieles no eran una buena alternativa. El clima templado no requería demasiada ropa, pero
la tapa, producida al golpear la corteza del árbol hasta hacerla fina como el papel era lo que se usaba. Actualmente se pueden
encontrar verdaderas obras de arte. Proveniente de la ropa hecha de tapa surgió el pareu que es fresco, muy cómodo y tiene
múltiples usos. Un pareu suele medir 180 por 90 centímetros y generalmente se importan de Asia, aunque cada vez son más comunes
los polinesios decorados con motivos brillantes. Los diseños más populares son las flores y las hojas de árboles, pero los
motivos difieren según la zona. Las tifaifai son sábanas de colores brillantes que se producen en algunas de las islas, incluidas
las rurutu. El arte fue introducido por los misioneros y el tifaifai tiene hoy importantes usos, desde símbolo de bienvenida
hasta regalo de bodas.
La talla de madera nunca fue de gran importancia en las Islas de la Sociedad, pero era un arte importante en las Australes
y las Marquesas antes de que los misioneros lo prohibieran. Todavía se realizan algunas tallas en las Marquesas con fieros
tikis como principal motivo. Finalmente cabe resaltar la existencia de una mezcla de aceite de coco perfumado con la fragancia
de flores llamada monoe, muy tradicional en la región. Se puede usar como crema, jabón, champú, protector solar y perfume,
además de otros muchos usos.
Ritos y Costumbres
Los polinesios son personas muy agradables y sociables, en general hospitalarios con los turistas. Las costumbres culturales
de la sociedad contemporánea son una mezcla de herencias tradicionales e importaciones coloniales. Por eso, por ejemplo, su
forma de saludo es, al igual que en París, con un beso en cada mejilla. Los estándares de vestimenta son relajados y por eso
no suelen echar mano de la etiqueta ni en los restaurantes de moda. En las zonas de playa no es común el nudismo, aunque sí
es costumbre usual en ciertas áreas de veraneo privadas, como las que pueden tener algunos hoteles exclusivos.
Si se visita un hogar polinesio, la primera regla, como en Japón, es quitarse los zapatos antes de cruzar el umbral de la
puerta principal. Probablemente los anfitriones insistan en que no es necesario, pero es una gentileza del invitado asumir
ciertas costumbres tradicionales locales. Ya instalado en la mesa, recuerde ser gentil con los demás y siempre observar las
prácticas cotidianas para no ir a contracorriente. Algunos platos tahitianos se comen con las manos, así que puede que no
le pongan cubertería.
Los pobladores de la Polinesia son muy serios respecto a sus prácticas religiosas y acuden los domingos a misa, como una práctica
comunitaria y familiar. Si visita alguna iglesia local, recuerde mantener disciplina y respetar las costumbres y ritos que
presencie.
La familia es vista no sólo como la suma de padres e hijos, sino que también incluye a los tíos, sobrinos, primos, primos
lejanos, abuelos, etc. Los miembros de toda esta gran reunión forman el fetii. La organización familiar no es una estructura
nuclear y cerrada; por el contrario, es muy abierta e incluso se le suma a los hijos naturales, los adoptados llamados faamu.
A diferencia de otras muchas culturas, los polinesios no hacen distinción por sexo. Es decir, las mujeres son vistas en igualdad
de condiciones que los hombres; incluso han ostentado el mando en diversas ocasiones, así como lo demuestra la historia de
la Reina Pomare en Tahití o las Marquesas Vaekehy o Nuku Hiva. La única actividad restringida al sexo masculino era la pesca.
En la actualidad la fuerza femenina es representativa en todos los sectores de la sociedad en este lado del mundo.
Paul Gauguin y Tahití
Cuando Paul Gauguin llegó a Papeete, en abril de 1891, después de un largo viaje de 69 días, estaba convencido de que había
escogido un verdadero paraíso virgen. Había dejado atrás a su esposa danesa y a sus cinco hijos, con la esperanza de pasar
en Tahití el tiempo necesario para pintar los suficientes cuadros para le exposición que habría de realizar a su regreso a
Francia y que llevaría su nombre. Gracias a una carta de recomendación que llevaba y que iba dirigida a las autoridades locales,
Gauguin fue bien recibido en la isla. El pintor pronto decidió que era mucho más interesante pasar el tiempo entre los nativos
que entre sus compatriotas, por lo que se trasladó a vivir a una choza tipo tahitiano lejos del barullo de la capital.
Durante la primera etapa Gauguin se desilusionó por lo poco que había quedado de la cultura y el arte de los nativos, pero
con el paso del tiempo empezó a cambiar de opinión al involucrarse más con el modo de vivir de los lugareños. Así empezó a
formar parte de la vida diaria de los habitantes del pueblo quienes le llamaban Kike. Más tarde cayó seducido por la ingenua
belleza de una nativa llamada Teha'amana, de sólo 13 años de edad. La tomó por esposa y vivió a su lado el año más feliz de
su estancia en la isla.
En 1983 regresó a Francia después de trabajar arduamente en su asilo voluntario, producto del cual surgieron 66 pinturas.
En París poca gente reconoció su trabajo y la exposición que llegó a realizar fue un rotundo fracaso. Después de muchos infortunios
decidió regresar a Tahití donde realizó su obra maestra: )De dónde venimos? )A dónde vamos? Ya en 1901, Gauguin recibió una
carta de un marchante de París que le ofrecía un sueldo a cambio de toda la obra que fuera a producir. Más tarde, se trasladó
a las islas Marquesas donde se construyó una magnífica casa, tomó por esposa a una joven de 14 años y se dedicó a una vida
de lujo y placer hasta que una mañana soleada un vecino lo encontró muerto en su cama.
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