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Historia
España ha quedado marcada por una mezcla cultural enriquecida, producto indiscutible de su polifacética historia. A lo largo
del tiempo, la península ha sido habitada, culturizada y organizada por diversos grupos que han dejado impreso una huella
tan profunda como el propio carácter español.
La Prehistoria
Los hombres primitivos tuvieron un gran apego a esta tierra; su privilegiada geografía tanto como la distancia con el resto
de Europa, facilitaban una vida tranquila en cuanto al sustento cotidiano y la paz necesaria para vivir en sus actividades
de recolección, pesca y pastoreo trashumante. Los principales asentamientos se distribuyeron en dos áreas: por una parte la
faja costera mediterránea y el territorio posterior y por otra, la zona cantábrica.
Los habitantes del neolítico, hacia el año 12.000 aC. dejaron su pista por diversos sitios a través de magníficas pinturas
rupestres, obras de artesanía, herramientas de trabajo y los misteriosos e imponentes Dólmenes que pasaron desapercibidos
largo tiempo. En la actualidad, estas zonas atraen a un buen número de turistas y científicos ya que se trata de muestras
prehistóricas con un alto grado de conservación y antigüedad.
Los Primeros Habitantes
Los conjuntos humanos que habitaron la España primitiva provenían de Oriente, áfrica y de Europa central. Durante los siglos
XI al IV a.C. tres grupos compartieron la península: tartesios e iberos en el sur y este, y los celtas en el norte. Los primeros
desarrollaron con mayor rapidez la transición hacia las ciudades-estado, en tanto que los celtas se mantuvieron por mayor
tiempo en condiciones primitivas. Finalmente lograron fundirse en una nueva raza: los celtíberos; con ellos se inició la población
de la zona interior de la península, hasta entonces relativamente desierta.
Los fenicios, viajeros y comerciantes, pisaron Hispania desde el siglo XI a.C.; sin embargo, fue hasta el siglo IV a.C. cuando
su contacto e influencia creció, dejando a su paso su cultura y sus obras. Los cartagineses entraron en contacto con la península
ibérica para conquistar el mercado fenicio hacia el siglo III a.C., desatando las llamadas Guerras Púnicas. Roma entra en
acción en esta misma época intentando arrebatar a Cartago su dominio en el Mediterráneo, consiguiéndolo con éxito hacia el
siglo II a.C.; sin embargo, el poderoso Imperio Romano no se conforma con la zona mediterránea y llega a cubrir toda la península
en el año 19 a.C. Es a los romanos a quien se debe el nombre de Hispania, la llegada del cristianismo en el siglo I de nuestra
era y la consolidación, por primera vez, de la España peninsular íntegra.
El Imperio Romano se ve derrotado cuando los Visigodos se establecen en el año 411, fundando su capital en Toledo. El desarrollo
de su monarquía y la fuerza en sus dominios permiten la continuidad cultural de España. Sin embargo, la península se ve constantemente
asediada por una nueva cultura proveniente de oriente, cuyas pretensiones fueron ocupar España como punto estratégico de control
mediterráneo: los árabes.
Los árabes y la Reconquista
La historia de los árabes en España lleva adherida la de la reconquista; esa lucha constante, férrea, mística que los hispanos
libraron durante siete siglos para defender su territorio y alcanzar una nación como la que actualmente se conoce, al menos
en sentido geo-político.
En el año 711, durante la Batalla de Guadalete, los árabes entran en la península ibérica, extendiendo sus dominios rápidamente.
La reacción española es inmediata y en el 722 inicia la Reconquista con la Batalla de Covadonga, en Oviedo, bajo las órdenes
de Don Pelayo.
La presencia árabe en España es quizá la más grande muestra de contradicciones entre dos razas que luchan por un territorio.
Mientras que por un lado se libraron sangrientos combates y se intentó desprestigiar a la cultura islámica a través de la
literatura y costumbres cristianas, por otro se desarrolló una combinación de dos culturas monoteícas, capaces de disfrutar
con amplitud de la belleza y los placeres que la vida ofrece. La mezcla racial y cultural entre árabes y cristianos ha sido
el rasgo que dotó a España de un carácter más vivaz, más atractivo en sentido vivencial, que se prolongó hasta sus conquistas
en el Nuevo Mundo. Y quizá porque un enemigo, largo tiempo odiado, termina siendo un amigo secreto, los árabes se quedaron
para siempre en la historia con un matiz doloroso para los españoles, aunque en la lengua, las costumbres y la visión de la
vida se hayan insertado con un sentido contrariamente alegre, atractivo y, por tanto bienvenido.
Los siglos IX y X representan la cumbre de esta conquista al consolidarse primero, el emirato con Abderramán I y el califato
con Abderramán II. El avance de la Reconquista ofrece un panorama de una España cristiano-musulmana dividida y ensangrentada
en donde la guerra es un fantasma cotidiano que pierde su esencia dramática a fuerza de la constancia. Hacia el s. XI, la
fortaleza árabe comienza a resquebrajarse. La muerte de Almanzor, gran guerrero moro, deriva en la descomposición del califato
en Reinos Taifas que, por su estructura, son más vulnerables a los ataques de los monarcas españoles de los territorios reconquistados,
entre los que destacan Toledo y Valencia.
Hacia el s. XII los árabes tienen un pequeño resurgimiento con una inmediata respuesta de los reyes cristianos; se crean las
órdenes militares y se consolida la unión de Aragón y Cataluña. Sin embargo, en el s. XII, con la batalla de Navas de Tolosa,
los árabes ven reducido su territorio a la zona de Almería, Granada y Málaga, en donde se mantienen hasta 1492. En esta misma
etapa se consolida la unión de Castilla y León con Fernando III.
La Conquista de España
El siglo XV es un siglo que hace girar el papel de la España conquistada en una España conquistadora que mira más allá de
los espacios conocidos hasta entonces por los europeos. Con la unión de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, se consolida
la unidad territorial, con la excepción de Navarra. Esta unidad permite que los esfuerzos por imponer el cristianismo se cristalicen:
se instala la Inquisición y se logra expulsar a los árabes con la toma de Granada en 1492. Se promueve entonces también con
éxito la expulsión de los judíos. Mientras tanto, Cristóbal Colón, apoyado económicamente por la reina Isabel, encontraba
una nueva tierra: América
La muerte de Isabel la Católica deja un vacío en cuanto a la mano férrea para convertir a España en una unidad. Su heredera,
su hija Juana, padecía de una enfermedad mental que le impedía continuar con la trayectoria de su madre. Finalmente es Fernando,
esposo de Isabel, quien gobierna como regente de su propia hija. En 1512 el Duque de Alba conquista Navarra, logrando por
fin la completa posesión de la península a una sola casa real.
Los Austrias
Carlos I, nieto de Fernando el Católico, se convierte en rey de España en 1516. La herencia que recibe es un enorme imperio
que extiende sus dominios por Nápoles, Sicilia y Cerdeña por un lado, y los territorios de América por otro. La muerte de
Maximiliano de Austria le deja en posesión de la actual Austria, Alemania, el Franco-Condado y los Países Bajos, convirtiéndose
en el Emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano-Germánico y en el hombre más poderoso de la época. Con Francia vive momentos
de lucha por la hegemonía europea, quedando el poder siempre en manos españolas.
Por otra parte, la nueva tierra, América, se ofrece como una zona rica y fácil de conquistar que, bajo las órdenes de aventureros
exploradores, logra quedar en manos de los españoles. Hernán Cortés conquista México en 1521, Francisco Pizarro y Diego de
Almagro Perú, Hernando de Soto Florida en 1539 y Pedro de Valdivia Chile en 1541. Durante este siglo, la corona española se
ve en propiedad de la nueva tierra prácticamente en su totalidad. Sin embargo, la situación en Europa no es muy favorable.
Las guerras religiosas entre protestantes y católicos merman la fuerza de Carlos V en Alemania y le obligan a ceder ese territorio
a los protestantes mediante la paz de Augsburgo.
En 1556, Carlos V abdica en favor de su hijo Felipe II cuya política se centra en el fortalecimiento de España y la defensa
del catolicismo, enfrentando una fuerte crisis económica, producto de las largas y costosas guerras religiosas. Es Felipe
II quien funda en Madrid la capital española en 1561.
Un imperio poderoso y extenso siempre exige una inversión muy grande en su conservación y es fuente de atracción de otras
naciones. A Felipe II le corresponde mantener esa gran extensión de dominios, desviando grandes cantidades de recursos, en
general provenientes del nuevo mundo, hacia la milicia. De esta forma, el poder económico de España pasa a manos de banqueros
alemanes o genoveses que apoyan a la corona española en su lucha por la hegemonía.
Los Países Bajos buscan su independencia; tratando de conservarlos de alguna forma, Felipe II los deja en 1598 a su hija Clara
Eugenia que, casada con el Archiduque Alberto, intenta mantenerlos bajo el dominio español. En 1571 los turcos, que intentaban
hacerse del mercado y movimiento en el Mediterráneo, son derrotados en la Batalla de Lepanto bajo las órdenes de Juan de Austria,
hermano del rey. En 1580, Felipe II se convierte en rey de Portugal y, mientras el imperio crece por un lado, pierde su fuerza
en la zona más delicada: las finanzas. El intento de derrotar a Inglaterra con la Armada Invencible en 1588 fracasa y marca
el inicio de un período de decadencia en la Casa de los Austrias que representa a su vez el declive inicial del Imperio Español.
Los herederos de Felipe II no lograron mantener el poder que su padre alcanzó. Territorialmente la corona española se mantiene
como la más extensa y poderosa del mundo; sin embargo, las deudas a pagar por los gastos de guerras incesantes ahogan a España
en tanto que las administraciones de los monarcas se veían influenciadas por inhábiles consejeros que no encontraron solución
adecuada para recuperar las finanzas del Imperio.
A partir de 1609, las acciones erradas de la corona española orillan a una rápida desintegración del imperio en el territorio
europeo. Pierden los Países Bajos en 1609; la expulsión de moriscos en ese año tiene grandes repercusiones en la agricultura
española y le obliga a endeudarse más; pierde Portugal en 1640 y Holanda en 1648 con la Paz de Westfalia; Francia recupera
sus territorios y se hace de Flandes en 1668.
Los Borbones
La casa de los Borbones llega a la corona española en 1700 cuando Carlos II, de los Austrias, muere sin descendencia y desata
una guerra interna por la sucesión. Los candidatos son, por un lado Felipe de Anjou, emparentado con Francia y por otro el
archiduque Carlos, apoyado por Inglaterra, Holanda y Dinamarca. Desde 1702 hasta 1714 esta situación envuelve a España en
una guerra que separa por momentos a Cataluña, Valencia y Aragón y que lleva a la nación a perder en manos de los ingleses
Menorca y Gibraltar en tanto que las posesiones españolas en Italia son recuperadas por los italianos. Finalmente, en 1714
se impone Felipe V como rey de España, el primer rey Borbón.
Carlos III sucede a Felipe V e intenta una modernización del país implantando el despotismo ilustrado, llevando a cabo reformas
económicas que culminan con la expulsión de los jesuitas. Su sucesor, Carlos IV, no cuenta con el carácter fuerte de su padre
y deja el gobierno prácticamente en manos de su esposa y su ministro Godoy; durante esta etapa, España entra en una nueva
guerra con Francia con motivo de la revolución en el país galo. En 1796, reconciliada con Francia, se unen para atacar a Inglaterra
empresa en la que persisten inspirados por Napoleón hasta que, en 1804, terminan en el desastre de Trafalgar.
La relación con Napoleón, oscilante entre la unión y el uso de España con Francia, llevó a permitir a los españoles el paso
de las tropas francesas libremente por su territorio con el propósito de atacar a Portugal, entonces aliado de Inglaterra.
Al ceder en este sentido, España se vio invadida por el Imperio Napoleónico que terminó obligando a Carlos IV a abdicar en
favor del hermano de Napoleón. Esta ocupación francesa despierta el espíritu nacionalista hispano y lleva a la guerra de independencia
que busca una España liberal y se basa en la Constitución elaborada en las Cortes de Cádiz en 1812. Seis años de guerra constante
bastan para expulsar a los invasores franceses del territorio y gobierno español; sin embargo, como consecuencia de la debilidad
momentánea del imperio hispano, las principales colonias de América aprovechan y declaran su independencia en un proceso bélico
que se prolongará alrededor de diez años y que costará a la corona mucho dinero.
Al término de la guerra de independencia, Fernando VII, descendiente de Carlos IV, vuelve a España y declara nula la constitución,
imponiéndose como monarca absoluto. Esto desata un período de guerras constantes que se prolongarán hasta 1902 entre dos grupos
monárquicos y los defensores de la República.
Las tres guerras Carlistas, comprendidas entre 1833 y 1876, representan los intentos de los tradicionales defensores de la
monarquía absoluta por mantener ese régimen en la España del siglo XIX; por contrapartida, los liberales apoyan una república
aunque prevén la existencia de un Rey. En 1876 se proclama la primera República con en gobierno de Alfonso XII. Este período,
conocido como de Restauración, es de paz , pero la temprana muerte del monarca y la sucesión de un hijo que aún no nace, obligan
a la regencia de la reina María Cristina. Durante este período de inestabilidad y aparente vacío de poder, España pierde,
en una costosa guerra con Estados Unidos, sus últimas posesiones en América y Asia que eran Puerto Rico y Filipinas.
El Fin de la Monarquía
Hacia 1914 el mundo se veía estremecido por la Primera Guerra Mundial. España no participa en ella porque se encuentra sumergida
en una dura crisis de gobierno, en la conformación de su esquema sociolpolítico del siglo XX.
La sublevación de Marruecos en 1921 origina un desvío de recursos al mantenimiento de la última colonia española en áfrica.
En 1923, con aprobación del rey Alfonso XIII, Miguel Primo de Rivera decreta la dictadura con el objetivo de reordenar al
país. Es un período de desarrollo y "paz interior" que, sin embargo, encuentra el repudio popular e internacional. En 1930
la dictadura queda en manos de Berenguer y los republicanos acentúan sus avances triunfando en 1931 en Cataluña, Vizcaya,
Huesca y la Rioja; en ese momento la Casa Real abandona el país y en España se decreta la Segunda República.
Las cortes para la elaboración de una nueva Constitución dejan ver dos rumbos claramente diferenciados: por un lado los de
corte republicano-socialista y por otro los de derecha extrema. En 1933 se funda la Falange, con una doctrina de tendencia
militarizada, derechista y nacionalista. Los intentos de independencia autonómica de Asturias y Cataluña son fuertemente reprimidos
por la derecha; el triunfo del Frente Popular en 1936 origina un caos en el que se instaura la anarquía predecesora de la
Guerra Civil.
La Guerra Civil
En 1936, intentando detener el avance de las reformas de tipo socialista que se destilaban entre los republicanos, se inicia
un movimiento derechista que pretende la unidad nacional española. Los levantamientos inician en Melilla y se trasladan rápidamente
al interior de la península. Las tropas nacionalistas cruzan por Gibraltar a Extremadura y Toledo; posteriormente, en Burgos,
Francisco Franco es nombrado Generalísimo de los ejércitos y toma, a partir de ese momento las riendas de la guerra primero,
del país después. Ataques en diversas ciudades van minando el territorio de los republicanos hasta que los nacionalistas conquistan
la capital en marzo de 1939 poniendo fin a una guerra durante la cual gran cantidad de intelectuales y financieros salieron
de España buscando refugio principalmente en América.
La Epoca Franquista
Esta etapa, que abarca desde 1939 hasta 1975 está marcada por un aislamiento de España con respecto al resto del mundo. Una
dictadura de esta naturaleza, sin ayudas y apoyos del exterior consistió en un período de esforzada labor por parte del pueblo
español. La relativa paz que Franco impuso con leyes duras y represiones políticas y morales permitió, por una parte, el desarrollo
económico del país sin entrar en los esquemas de modernidad que la nueva Europa vivía; al mismo tiempo, impidió con sus esquemas
morales y de comunicación, el intercambio de España con las modas y estilos de vida de los años sesenta.
La Epoca Democrática
A la muerte de Franco hubo una transición aparentemente pacífica hacia una democracia largo tiempo anhelada. Las primeras
elecciones presidenciales de 1977 dan como ganador a Adolfo Suárez y al tiempo de la renovación. Se elabora una nueva constitución,
se reconoce la autonomía a las comunidades y se procede a la modernización del país. En 1981 un repentino intento de golpe
de estado trastorna el sueño español de la democracia; ese hecho queda sólo como el último respiro de la dictadura para dar
paso a una etapa de libertad y democracia. En 1982 el Partido Socialista Obrero Español gana las elecciones y España cuenta
con uno de los primeros presidentes de izquierda elegidos en la plena democracia en el mundo; gobierno que se prolonga hasta
1996 cuando se vuelve a inclinar la balanza hacia la derecha con José María Aznar.
La etapa democrática española puso de manifiesto la reprimida conciencia de sus ciudadanos al absorber de inmediato las modas
y estilos artísticos, literarios, comerciales y políticos que durante la dictadura franquista solo veían de lejos. La vida
social en el país cambió los antiguos esquemas rígidamente moralistas por una nueva visión, más libre y menos comprometida
de la vida, menos nacionalista y más comunitaria cuyas repercusiones de largo alcance aún se desconocen por lo reciente de
los hechos.
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