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La gran tradición histórica que llevó a España a ser un territorio conquistado y posteriormente un gran conquistador prevalece
en el carácter de su gente. Herederos de una cultura que mezcla con alegría religiones e ideologías variadas, que se esforzó
durante siglos para establecer una unidad, los españoles han desarrollado un marcado acento hospitalario y cordial que se
enfrenta con una necesidad autoprotectiva de aislamiento interior. De pronto son muy europeos con un aire de autosuficiencia
y desesperanza, y en un instante oscilan hacia el lado vivaz y cálido de su naturaleza latina y musulmana disfrutando de los
placeres de la vida, siendo hospitalarios y orgullosos de su historia.
Largos años de lucha por la unidad nacional contrastan con un marcado sentido regionalista que prevalece por encima del nacionalismo
característico de otros países. Los españoles son primero castellanos, catalanes, vascos, andaluces o gallegos que españoles;
son primero de su tierra que de su nación, de su lengua regional que del español que les enorgullece ante el mundo como lengua
prolífica en belleza poética y narrativa. Este sentido regionalista les lleva a luchar en solidaridad por la conservación
de sus tradiciones, sus costumbres y su historia con singular pasión. Cada comunidad, cada provincia y población conservan
casi intactas leyendas y hábitos de su época medieval e incluso de la herencia romana. Los españoles cuidan de su pasado con
tanto fervor que lo vuelven presente en cada celebración, en cada repetición oral o escénica de sus costumbres haciendo un
constante viaje entre el ayer y el hoy.
Este afán por la mantener el pasado se traslada a la conservación de su patrimonio histórico físico: iglesias, monasterios,
conventos, callejuelas, plazas y casas de personajes que han dejado huella a su paso por la historia, son protegidas y mimadas
por el Estado, pero, como si fuera una labor exclusiva de los habitantes, gran parte de ellos se deleita en conservar los
mitos e historias que dan vida a esos sitios y en narrarlos con detalle a los visitantes cuando se presenta la ocasión. Perdido
en los sótanos del Escorial o en las trincheras del Alcázar en Toledo, por citar ejemplos, el visitante que haya escuchado
a un español narrar la historia de ese sitio puede llegar a sentir la vitalidad de una época pasada, las fuerzas que acumuladas
templaron el complejo carácter hispano.
En suma, el español se enorgullece de su pasado, de su carácter férreo y conquistador y de las evidencias que el tiempo y
la historia les dejaron a su cuidado en su geografía. Como contraste, el presente les angustia, les parece una innecesaria
jugarreta del destino sin frutos, sin visión ni esperanza por el futuro. Las crisis económicas que la España del siglo XX
ha tenido que enfrentar han hecho aflorar el otro lado del carácter ibérico que lo identifica más con los actuales sentimientos
generalizados europeos: el lado sin esperanza y sin sueños, el de protección excesiva de sus fuentes de empleo y la visión,
a veces extraña, de una competencia constante con las otras naciones europeas. En este sentido, España es un país sombrío
cuya tasa de natalidad, signo de visión popular hacia el futuro, ha descendido casi hasta el cero, donde los jóvenes se vuelcan
en las noches hacia las calles y bares a vivir sin convivir entre copas, música y cigarrillos, donde los habitantes de la
tercera edad abundan y la soledad les mina la existencia sin mayores recursos que los recuerdos de tiempos más felices.
En términos generales el nivel de vida es alto y la población goza sin grandes esfuerzos de servicios sociales indispensables
como los de salud, educación y vivienda. El empleo es escaso, pero existe el seguro de desempleo que permite sobrevivir por
un tiempo. Los jóvenes de 25 a 30 años son quienes con mayor dificultad se colocarán en el mercado laboral. A pesar de ello,
la vida mantiene para los españoles su alegría placentera en la hora de bar al que visitan tan asiduamente como antaño visitaron
la iglesia: a media mañana, a media tarde y por la noche; los pinchos variados de queso, tortilla española, huevo, jamón,
mariscos o patatas, acompañan esa escapada al bar en la que se charla con los amigos.
Y si por una parte una capa de desesperanza cubre a las nuevas generaciones españolas, por otra se mantiene asombrosamente
el humanismo que en el siglo XVI encumbraron los filósofos y escritores españoles. A pesar de que el mundo en general se ve
inmerso en procesos de modificación de hábitos básicos marcados por las nuevas formas de trabajo industrial y comercial, en
España prevalece la costumbre de hacer un alto al mediodía, entre las 14 y las 16 horas para comer en casa con la familia;
por las noches, la cena se realiza alrededor de las 22:00 horas para dar paso a una vida nocturna agitada que permite aflorar
el lado bullicioso del carácter del español.
El saludo a dos besos, uno en cada mejilla, es quizá la mayor cortesía física que los hispanos ofrecen sin pudor a los visitantes;
con ello revelan que la igualdad abarca a los extranjeros puesto que les saludan igual que a sus coterráneos sin ningún reparo.
Sin embargo, otra clase de contactos físicos entre las personas se reserva a las parejas o los viejos amigos y es inusual
que la gente sea muy expresiva en este sentido. Entre los hombres, este contacto se reserva al cruce de manos sin mucha efusividad.
El habla es rápida aunque no se tenga prisa y el tono suele ser imperativo sin que ello indique superioridad, enojo o distancia.
Los españoles son muy directos y expresivos verbalmente en sus opiniones y juicios y quien no lo haya entendido previamente
puede sentirse víctima del enojo inexistente de su interlocutor; por contraste, son redundantes en sus informaciones y es
necesaria una gran dosis de paciencia cuando se trata de establecer términos de intercambio comercial o personal o cuando
se solicita ayuda e información.
Un hábito español que de entrada sacude al visitante, especialmente si no comparte el gusto es la pasión por el tabaco. Es
posible que en ningún otro sitio del mundo se fume tan libre y constantemente. Aun en los sitios donde se prohíbe fumar, de
acuerdo a las leyes que internacionalmente se han intentado imponer, los españoles se las ingenian para no abandonar este
hábito que, si bien es personal, puede considerarse nacional; incluso en los espectáculos públicos y en algunos programas
de T.V., no se sorprenda si aparece alguna personalidad fumando un cigarrillo. Para su agrado, en caso de ser fumador, el
tabaco quizá sea uno de los pocos productos que podrá encontrar sin reparo a cualquier hora del día ya sea en estancos (tabaquerías
oficiales del estado), en los bares o en las numerosas y socorridas máquinas automáticas para ello.
La costumbre de respetar los horarios para comer, así como esa pasión y culto que los habitantes de la península imponen a
su noche es la causa de que los horarios comerciales sean tan benévolos. Por las mañanas no encontrará abierta ninguna tienda,
frutería, mercado o cualquier servicio antes de las 9 de la mañana e incluso quizá deba esperar hasta las 10; a medio día
la gente se retrae a comer y, obviamente las tiendas y servicios cierran de 14 a 16 ó 17 horas; por la tarde, a las 20.00
h. comienzan a verse caer las puertas de los comercios. Los únicos sitios que permanecen abiertos de manera continua son los
grandes almacenes, generalmente con tendencia de mercado extranjera, los restaurantes y bares.
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