Destinos
Portugal

 
istoria
 

Historia

Portugal es una de los países más antiguos de Europa, con 9 siglos de historia como nación, caracterizada por su riqueza, complejidad y por la impronta peninsular y marítima.

La nacionalidad portuguesa no aparece hasta bien entrada la Edad Media. Antes son pocas las particularidades que diferencian la fachada occidental de la Península Ibérica del resto de culturas. A finales del Neolítico es cuando aparece el primer foco cultural luso de caracteres originales: las construcciones dolménicas, menhires y crómlechs. Uno de los más importantes es, sin duda, el de Herdade de Almendres en évora (Planicies). Las huellas rupestres más importantes son las de las orillas del Tajo en Fratel, Vila Velha de Ródao (Montanhas).

En las edades del Bronce y del Hierro los celtas e íberos aportaron una cultura pastoril y agraria a todo el territorio. En el litoral, fenicios, griegos y cartaginenses fundaron factorías y explotaron las minas del mediodía portugués. De esta Era son los conocidos Castros, antiguos poblados fortificados de la época pre-romana, de los que especial mención merecen el de Briteiros y Sanfins, ambos en Porto y Norte de Portugal.

Presencia Romana

El primer pueblo que aparece con recia individualidad es el lusitano, extendido entre el Tajo medio y el Duero. Vivían en las serranías dedicados a la ganadería y haciendo frecuentes depredaciones a los pueblos agrícolas de los llanos. Se extendieron hacia el mar y la meseta, lo que incitó a los romanos (siglo II a.C.) a emprender la conquista de la región. Los territorios al sur del Duero cayeron pronto, pero tardaron más de un siglo en acabar con la resistencia al norte del río. Los lusitanos, según el historiador romano Estrabón, fueron "el más poderoso de los pueblos íberos, el que más tiempo resistió a los ejércitos de Roma". Fueron 50 años los que duró la resistencia, siempre dirigida por Viriato, quien fue asesinado tras una victoriosa campaña en el 193 a.C. Dos años después sus hombres serían finalmente sometidos por las legiones del Décimo Julio Bruto.

La integración en el imperio romano fue llevada a cabo en su mayor parte por Julio César, que en el 60 a.C. estableció una capital en Olisipo (Lisboa) e importantes colonias en Ebora (Evora), Scallabis (Santarém) y Pax Julia (Beja).

La romanización acentuaría las diferencias entre las dos regiones principales: en los agrestes montes septentrionales sería superficial, mientras que en las planicies y en los llanos meridionales enraizaría profundamente. Se crearon grandes latifundios y se sustituyeron los cultivos tradicionales por los del olivo, trigo, cebada y viñedos.

Arquitectónicamente no han quedado muchos recuerdos de la época, salvo algunos monumentos aislados en Evora y Conimbriga. El idioma -una lengua latina-, las calzadas y algunos puentes que todavía están en uso, son otras huellas del dominio romano.

Visigodos y Suevos

Hasta la invasión musulmana, a principios del siglo VIII, fueron los germanos quienes sustituyeron a los romanos. Los suevos dominaron al norte del Tajo y en el resto los visigodos, que establecieron una total hegemonía a finales del siglo VI. Los suevos fijaron su residencia en Braga y en Portucale (Oporto), y fueron convertidos al cristianismo por San Martín de Dumio. Los visigodos, muy romanizados, acabaron por absorber el reino suevo en el año 585, y llegaron a controlar toda la península. Al haber reinado siempre desde Toledo, la huella visigoda no se hizo sentir tan fuerte en Portugal. Su centralismo e intolerancia religiosa (fueron los primeros en perseguir a los judíos), hizo que algunas facciones de las que poblaban Portugal pidieran ayuda a los musulmanes del norte de áfrica.

Los Arabes

La llegada de los árabes supuso una nueva diferenciación: el norte, menos influenciado, permaneció encerrado en sí mismo; en el sur floreció un período de alta civilización, de gobernantes sabios y tolerantes, poetas, geógrafos, historiadores, matemáticos y filósofos. Los árabes se asentaron preferentemente en la franja más meridional del territorio, a la que denominaron Al-Gharb (Algarve). En torno a la capital, Shelb (Silves), a mediados del siglo IX, surgió un pujante califato independiente del de Córdoba. Dieron un gran empuje a la cultura y la economía del sur de Portugal: perfeccionaron las técnicas de riego de los romanos, introdujeron la rotación de los cultivos y plantaron algodón, arroz, naranjas y limones. Establecieron fuertes vínculos comerciales con el norte de áfrica, y la vida urbana experimentó un gran empuje, de modo que Lisboa, Evora, Santarém y Beja se transformaron en grandes ciudades.

Formación de la Nacionalidad

La Cristiandad reaccionó ante el Islam y sorprendió a los musulmanes más preocupados por sus jardines y filosofías que por resguardar sus fronteras. Aún así, la Reconquista, iniciada en el siglo VIII, fue larga y dura: hasta 1249 no salieron los últimos árabes de Faro.

En el siglo XI, Portucale tenía la categoría de país, pero sus gobernantes eran designados por los reyes de León. Así, el rey Alfonso VI otorgó el trono del país a su hija bastarda Teresa, cuyo hijo, Afonso Henriques, sería quien alcanzaría la independencia de hecho desplazando a su madre del gobierno. Se dedicó a reconquistar los territorios del sur y se proclamó a sí mismo primer rey de Portugal, título que reconoció Alfonso VII de Castilla-León en el Tratado de Zamora en 1143.

Los monarcas que lo sucedieron en el trono se dedicaron a terminar la reconquista y a la consolidación del país. Así, Don Dinis (1279-1325) fijó las fronteras portuguesas por el Tratado de Alcañices firmado con el rey Fernando IV de Castilla, fundó la Universidad de Lisboa y creó la Orden de Cristo para sustituir a la del Temple.

Fernando I muere (1383) sin hijos varones, y su esposa Leonor nombra reina a su hija Beatriz, casada con Juan I de Castilla. Pero la burguesía lusa se opone al nombramiento, pretendiendo la entronización del Maestre de Avís, Juan, hermanastro bastardo de Fernando I. Las tropas españolas fueron derrotadas en 1385 en la Batalla de Aljubarrota, lo que supuso la llegada de la segunda dinastía, la de Avís, al frente de Portugal. La ayuda de los ingleses en la lucha contra los españoles llevaría a Juan I de Avís a firmar el Tratado de Windsor en 1386, en el que se firma una alianza que durará hasta el siglo XX.

Epoca de Descubrimientos

Firmada la paz definitiva con Castilla en 1411, Juan I da comienzo a la expansión marítima de Portugal, que llegaría a ser realmente importante cuando hace su aparición el Infante Don Enrique "el Navegante". El Infante volcaría los recursos de la Orden de Cristo en financiar los estudios marítimos, fundando una escuela de Cosmografía en Sagres. Así, en 1419 y 1427 se descubrieron Madeira y las Azores, y se exploraron Cabo Verde y la costa occidental de áfrica hasta Sierra Leona.

Tras un pequeño estancamiento, la expansión en ultramar retomaría nueva fuerza con los reinados de Juan II, Manuel I y Juan III. En esta época Vasco de Gama llega a India (1447), abriendo una importante ruta comercial y Pedro Alvarez Cabral pone el pie en Brasil (1500). Como consecuencia, los portugueses aumentan tanto su poderío comercial que se convierten en la primera potencia internacional, con puestos estratégicos a lo largo de miles de kilómetros.

En 1494, el Tratado de Tordesillas establecía el reparto de los territorios descubiertos entre las dos potencias ibéricas. Se trazó una línea imaginaria al oeste de las islas de Cabo Verde que dejaba en poder luso toda áfrica, Oriente y el Brasil, que sería "descubierto" seis años más tarde. A mediados del siglo XVI los portugueses dominaban el comercio internacional. Habían establecido puestos estratégicos en Goa, Malaca y Macao, y a los ingresos por el comercio de especias se sumaban los del naciente tráfico de esclavos entre áfrica occidental, Europa y Brasil.

Mención especial merece el reinado de Manuel I (1495-1521), pues con él llega el máximo esplendor de esta etapa de la historia portuguesa. La monarquía se convierte en una de las más ricas de Europa, que dentro del país cobra expresión en la exuberancia de la arquitectura manuelina, cuya obra maestra es el Monasterio de los Jerónimos de Lisboa.

Pero poco después comienza la decadencia de las monarquías imperiales portuguesas. Las finanzas de los lusos las llevaban generalmente los judíos, que nunca fueron tan mal vistos como en el resto de países cristianos. Aún así, y a su pesar, Manuel I tuvo que ordenar la expulsión de los mismos debido a presiones internas de España y de la Iglesia, lo que supondría el principio del fin del esplendor lusitano.

A Juan III le sucede Don Sebastián (1557-1578) que, empeñado en una peligrosa cruzada en el norte de áfrica, es derrotado y muerto en la Batalla de Alcazarquivir, tras lo cual recae la corona sobre su anciano tío, el cardenal Don Enrique.

De la Anexión Española a la República

Al morir Don Enrique, Felipe II, que aspiraba a la Corona por ser nieto de Manuel I, supo ganarse a la mayoría de la nobleza portuguesa. En 1581 Felipe II, rey de España, fue reconocido por las Cortes de Tomar como Felipe I de Portugal. Era la tercera dinastía. La dominación española fue corta, 50 años, pero suficiente para provocar el recelo de todas las demás potencias coloniales incluido su tradicional aliado, Inglaterra, con la consiguiente pérdida de una importantísima parte del comercio que jamás se recuperó.

Siguieron a Felipe II, Felipe III y Felipe IV. Con éste último se acentuó el nacionalismo luso debido a las políticas centralistas, y en 1640 una sublevación expulsó a la Virreina de Portugal y proclamó como rey al Duque de Bragança con el nombre de Juan IV, cuya corona quedó asegurada por la protección que le prestaron Inglaterra, Francia y Holanda.

La alianza con los ingleses cuajó con el matrimonio, en 1640, de Catalina de Bragança con Carlos II de Inglaterra.

La riqueza que proporcionó a la corona el descubrimiento de yacimientos de oro y diamantes en Brasil fue en gran parte dilapidada por la megalomanía de Juan V, que subió al trono en 1706 y comenzó inmensas obras, como la del Convento de Mafra, que consumieron ingentes cantidades de recursos. Para fomentar el comercio con Inglaterra firmó un desastroso acuerdo que aniquiló la floreciente industria textil portuguesa, al admitir la importación de los artículos ingleses, mucho más baratos. Le sucedió su hijo, el apático José I.

En 1755 se produjo un terremoto que destruyó Lisboa, y el encargado de reconstruirla fue el Marqués de Pombal, primer ministro de José I, que aplicó tajantemente las ideas del despotismo ilustrado, expulsó a los jesuitas, reprimió duramente las pretensiones de la nobleza y fomentó el desarrollo económico. No contó siempre con el apoyo de la aristocracia, pero astuto y manipulador, supo imponer sus políticas. Cayó finalmente en desgracia, pero sus reformas permanecieron.

Siglo XIX

Posteriormente, Portugal hubo de enfrentarse a las invasiones napoleónicas entre 1807 y 1811, las cuales estancaron los avances propuestos por el Marqués de Pombal: el monarca, José VI, huyó a Brasil con sus tesoros, quedando la guerra contra los franceses en manos de los generales británicos Beresford y Wellington. Mientras, Brasil se declaraba reino independiente, lo que técnicamente convertía a Brasil en metrópolis y a Portugal en mitad colonia brasileña, mitad protectorado inglés.

En este tiempo, la única institución que permanecía más o menos intacta en Portugal era el ejército. Así, durante la ausencia real, un grupo de militares procedió a redactar una nueva Constitución inspirada en los cambios liberales de España y Europa. A su vuelta, el rey se vio obligado a firmarla. Su esposa, la reina Carlota, y su hijo menor, Miguel, se negaron a reconocer los avances liberales de la nueva Constitución (sufragio universal masculino, abolición de los privilegios de la iglesia y de la nobleza), dando lugar a una fuerza reaccionaria con gran arraigo en las zonas rurales que iba a marcar la política de los años siguientes.

A la muerte de Juan VI, en 1826, el infante Pedro abdicó en su hija María y nombró regente a Miguel con la condición de que jurase una nueva carta redactada por él, menos liberal que la constitución anterior. Miguel aceptó, pero posteriormente la derogó y volvió a sus convicciones absolutistas. Contó con el apoyo del campo portugués, pero no de las potencias, Francia y España, que apoyaron a los rebeldes liberales que acabaron devolviendo el trono a Pedro IV.

El resto de los gobiernos del siglo XIX estuvo marcado por las constantes disputas entre los partidarios de la constitución y los que añoraban la liberal de 1822. En 1846 la situación se degradó hasta el punto de desembocar en una Guerra Civil entre María (hija del Infante Pedro), que apoyaba la carta de sus padres y los constitucionalistas radicales. Hubieron de imponer la paz las potencias extranjeras mediante la Convención de Gramido, en 1847.

La segunda mitad del siglo conoció cierta estabilidad gracias a un sistema bipartidista, pero la corona se encontraba prácticamente en bancarrota y el republicanismo cobraba fuerza, sobre todo en el ejército y en las clases urbanas más desfavorecidas. El rey Carlos I y su primogénito fueron asesinados por exaltados republicanos en 1908 y en 1910 la monarquía era abolida por una sublevación militar.

El Siglo XX

En 1911 los republicanos triunfaron en las elecciones para la Cámara de Diputados y la familia real hubo de salir para el destierro. Así se formó el Gobierno provisional de la Primera República, cuyo primer presidente oficial fue Manuel Arriaga.

Pero el advenimiento de la República no traería la estabilidad política consigo. El gobierno estuvo sumido la mayor parte del tiempo en el caos debido al talante dictatorial de Afonso Costa, el líder del predominante Partido Democrático, que no dudó en manipular las elecciones sucesivas para mantenerse en el cargo. La burocracia heredada de los tiempos monárquicos, corrupta e ineficaz, se veía incapaz de llevar a cabo las acciones de gobierno que se requería, con lo que los militares iban asumiendo cada vez mayores atribuciones. Dado que ni el presidente ni el primer ministro tenían autoridad para disolver el parlamento, el pronunciamiento militar -como en la vecina España- se imponía como método para efectuar cambios de gobierno, de los que hubo 45 entre 1910 y 1926.

En el último de ellos -1926- el poder es asumido por un militar católico y monárquico, el General Carmona, que suprimió la constitución republicana, y ante la duda de como recibiría el pueblo la restauración de la monarquía, convocó en 1928 unas elecciones en las que se presentaba como candidato único. Ese mismo año ascendía a Ministro de Hacienda un profesor de economía de la Universidad de Coimbra, el Dr. Salazar, que se hizo con el control de los ingresos de todos los ministerios. Sus estrictas políticas monetarias produjeron una inmediata y palpable mejora de la economía portuguesa que lo catapultaron al puesto de primer ministro en 1932, cargo que detentaría hasta 1968.

Salazar nunca adoptó planteamientos ideológicos que pudiesen ser considerados como fascistas, pero sus métodos sí lo fueron: los miembros del parlamento eran elegidos de un partido único, Unión Nacional; los "sindicatos" eran dirigidos por los propios empresarios; la educación, estrictamente controlada por el estado, fomentaba la religión católica; la censura era absoluta y hasta contaba con una policía política, la PIDE, controlada por la Gestapo.

En lo político, Salazar logró crear la infraestructura de una economía moderna, pero los beneficios de ésta no llegaron a alcanzar a la mayoría de los portugueses, y el campo quedaba en gran medida abandonado. El descontento popular era generalizado, pero no muy fuerte, y la caída del llamado Nuevo Estado portugués vino marcada sobre todo por factores exógenos: en su imperialismo vehemente, Salazar sostuvo costosas guerras coloniales que le ganaron la repulsa internacional. Por otro lado, las fuerzas militares destacadas en las colonias africanas comenzaron a concienciarse de la injusticia que se estaba cometiendo y de la necesidad de un cambio.

A Salazar los sucedió Marcelo Caetano, que trató de prolongar el régimen haciendo ciertas concesiones a la democratización del país. El descontento de los militares crecía, dando lugar al revolucionario Movimiento das Forças Armadas (MFA). Así, el 25 de Abril de 1974, el comandante Otelo Saraiva de Carvalho lidera un golpe militar incruento, dando paso a la que se dio en llamar Revolución de los Claveles.

Se sucedieron tiempos de extremada agitación política en los que los diferentes actores políticos -partidos, militares, sindicatos, iglesia- trataban de dilucidar cuál debía ser el futuro de un país que acababa de salir de una dictadura de más de 40 años. Las elecciones del verano de 1975 se solventaron con la victoria del Partido Socialista de Mario Soares que, gracias al apoyo social-demócrata y a la estabilidad que representó la presidencia del coronel Eanes, consiguió iniciar el proceso de consolidación de la democracia, que llega hasta nuestros días. Es en este período de revueltas y cambios, desde los 60 hasta la llegada de las libertades, cuando se produce la pérdida de las muchas colonias que todavía conservaba el país, sobre todo en áfrica: Guinea - Bissau, Mozambique, Cabo Verde, Angola, etc.

Desde entonces hasta hoy Portugal se ha convertido en una firme democracia occidental a través de los gobiernos Mario Soares y del social-demócrata Anibal Cavaco Silva. En enero de 1986, Soares sustituye a Eanes en la Presidencia de la República, con lo que se convierte en el primer presidente civil en 60 años. Poco a poco se va reduciendo la inflación, aumentando la tasa de crecimiento y disminuyendo el paro. Es entonces cuando se consigue la entrada en la Comunidad Europea, lo que supone la apuesta definitiva hacia la modernización y la ya duradera estabilidad.

Tras elecciones al parlamento de Octubre de 1995 el gobierno Democrático Social pierde terreno, sin embargo, los votos del Partido Socialista no son capaces de sumar la mayoría por lo que se forma un gobierno minoritario al frente de Antonio Guterres como primer ministro. En enero de 1996 es elegido como presidente de la nación Jorge Sampaio.